Acabo de leer que la gobernación estatal de Arizona, en Estados Unidos, prohibió la enseñanza de autores latinos y afroamericanos dentro del sistema educativo del estado. La medida busca prohibir la literatura de minorías etnicas, en una especie de “Nueva Inquisición”, para imponer una versión ofical de la historia. Además se elaboró un listado de novelas prohibidas. Libros que nadie puede leer “por peligrosos”.
No es la primera vez que esto sucede. Los inquisidores españoles, por ejemplo, prohibieron que se publicaran novelas en las colonias hispanoamericanas con el argumento de que esos “libros disparatados y absurdos” podían ser perjudiciales para la salud espiritual de los indios. Tal vez fueron los primeros en darse cuenta que la literatura no es un pasatiempo sino que constituye una actividad irremplazable en la formación del ciudadano en una sociedad moderna y democrática. Porque toda buena literatura es un cuestionamiento radical del mundo en que vivimos. En toda gran obra literaria alberga una rebeldía, un nivel alto de inconformismo que lleva al lector a grandes discusiones sobre su entorno. Para formar ciudadanos críticos no hay mejor fermento que la literatura.
Pero, ¿por qué se escriben novelas? Porque el mundo está mal hecho y quién escribe novelas trata de corregirlo. Los hombres escriben ficciones porque no están satisfechos con la vida que les ha tocado vivir. Porque no aceptan la cruel imposición de vivir una sola vida y los deseos incontrolables de vivir mil. Por eso, la novela, es el resultado de una profunda insatisfacción. Dios no escribe novelas (el que está conforme con su vida no escribe). Tampoco las lee. Porque la literatura es antropocéntrica, es decir, trata de las hondas complejidades que atormentan al ser humano. No hay novelas sobre sillas o sobre ventanas, por ejemplo. Y como la literatura es antropocéntrica, entonces es imperfecta, como la vida. Y por eso el deseo humano de rebelarse para mejorarla. Lo perfecto, en cambio, aburre, porque lleva consigo la idea de que no se puede ir más allá de esa perfección. Se aburrió Lucifer, se aburrió de alabar por toda la eternidad la perfección de un Dios. Y se fue. Y a esa rebelión, que se llamó Caída, le debemos la historia, que es menos aburrida que la eternidad.
Pero volvamos al tema. Y a la historia. Y, sobre todo, a la historia de los libros prohibidos. Libros quemados. Bibliotecas enteras consumidas por el fuego: desde la histórica Biblioteca de Alejandría hasta las bibliotecas de Bagdad bombardeadas por fuerzas norteamericanas durante el gobierno de Bush. Y escritores perseguidos: desde la ejecución en Nigeria del poeta Ken Saro Wiwa hasta Salman Rushdie, perseguido por la imposición de la fatwa. Y Vargas Llosa prohibido en Venezuela, en fin. Decía Heinrich Heine: “allí donde queman libros, acaban quemando hombres”. Pero también es cierto que prohibir un libro (o quemarlo) es la forma más rápida de volver a las cavernas.