martes, 29 de enero de 2013

REPLICA AL LOBO DEL DESIERTO

Por Oswaldo Carvajalino  Jorge Luis Borges
Me tope por una casualidad, de esas casualidades oportunas, con un libro de Borges, publicado por Alianza Emece, llamado la “historia de la eternidad”, perdido hace un buen tiempo entre mis libros engavetados o puesto por allí con un manojo de otros tantos, sin orden ni precisión alguna, y resulto afortunado su encuentro frente a la circulación de un nuevo periódico en Ocaña, Marginales (nombre tomado en préstamo a Adolfo Milanes, sin su necesario consentimiento…Supongo.) Nuevo parto comunicacional en la ciudad, pequeña, pero ciudad, publicación pequeña también y me refiero al formato y tiraje, desde luego, traída a la luz pública por un grupo de incisivos intelectuales, dados a las agrias maneras de abordar los asuntos. Y tópeme dentro del libro con un ensayo del sabio-ciego sobre “El arte de injuriar” que nos cae como anillo al dedo y que recomiendo leer para ejercitarse más, quienes ya se ejercitan en tan ponderable oficio publicando sus textos en Marginales.

Escribe Borges, el gran Borges, que su destreza en el fervoroso estudio de otros géneros le hacía sospechar… “La vituperación y la burla valdría necesariamente algo mas…El agresor sabe que el agredido será él y que “cualquier palabra que pronuncie podrá ser invocada en su contra” según la honesta previsión de los vigilantes de Scotlan Yard.” advierte sin embargo el delicado error de su conjetura pues entiende que “el burlador procede con desvelo, efectivamente, pero con un desvelo de tahúr” puesto que el polemista sabe que no es el sino “el atento y silencioso auditorio el afrentado”. Agrega que ni siquiera son necesarias las palabras, basta un gesto de peculiar recurrencia para lograr el objetivo, sírvanos de ejemplo la señal ejecutada con los dedos de las manos o la “exhibición de la lengua”, anota el ensayista que en 1592 la moneda legal del provocador se ejecutaba con el dedo pulgar y la boca, debería la ultima morder al primero o en su defecto tomar el lado de la pared (El equivalente a pasarse a la otra acera) lo que hoy podría entenderse como un gesto de cortesía. Para otros menos ingeniosos mentar la genitora es suficiente. (Me trae a la memoria una anécdota de nuestra inolvidable amiga Carmen Centenaro en un juicio público por homicidio, donde el abogado de la contraparte, narrando los hechos decía que mentada la genitora el sujeto ofendido había disparado contra el objeto de sus iras; mientras que la defensora, con su habitual pericia, llamando las cosas por su nombre, a viva voz convenía en el recinto: “Le dijo hijueputa y si a mí me dicen hijueputa yo saco un revolver y mato a quien sea.” Argumento que le permitió, por vía de la facilitación al jurado, ganar el pleito.)
                                                                                                                                                        
Se explaya Borges en anotaciones sobre otras formas de injuriar, haciendo uso de su legendaria erudición, nos recuerda que en el “Libro de las mil noches y una” el término perro sirvió para ofender al hijo del león, llamándolo...”Oh perro del desierto”. Ocurre igual con la palabra señor, “oh signore Wolfang”, utilizada por un italiano para despacharse a Goethe (Tuvo cuidado en no repetir el nombre del agraviante) y la palabra Doctor…”El Doctor Lugones cometió sonetos” dos aplicaciones cargadas de indiscutible ironía. Por cierto la ironía es una forma sutil de ofender, siendo que para un no avezado interlocutor, pudiera resultar elogioso el insulto, y de paso verter con elegancia la ofensa. Nos anota la tradición satírica, no despreciada por Quevedo, Macedonio Fernández o George Bernard Shaw. O la copla de Andalucía más directa:
“Veinticinco palillos
Tiene una silla
¿Quieres que te la rompa ?
En las costillas?

Copla indicada para repetirla con inusitada reiteración,  a los Directores de Marginales.
Atribuye a nuestro inefable Vargas Vila “la injuria mas esplendida “   que conoce: “Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo, muriendo en el. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia.” Y haciendo uso de luminosa ironía, no puede escaparse Borges a la insidia de la memorable frase, considerándola “el único rose de su autor con la literatura”. 
 
Sin embargo  elude el escritor, sin duda con deliberada intención, mencionar el uso del seudónimo para injuriar, previendo con toda seguridad que el seudónimo se acerca al anónimo en forma peligrosa, cuando se trata de sacar al sol, los trapitos del prójimo. Ni invalida ni convalida prudentemente. Sin el juicio severo de Borges, deberá el lector “sacar sus propias conclusiones”… Como suele decirse hoy con demasiada frecuencia en la trágica Venezuela de estos tiempos, saque usted sus propias conclusiones.